Escribes recto sobre renglones torcidos y yo suelo leer torcido sobre tus líneas rectas... Quién iba a decirme que me encontraría aquí, en medio de mi mayor búsqueda personal cuando todos los cofrades maldicen su suerte en forma de lluvia… Ni siquiera tengo tiempo para pensar en eso…llueve sí, pero fuera, dentro de mí se libra la más difícil y hermosa batalla a la que me haya enfrentado antes. Mi fe, mis creencias, mi devoción, mi amor y pasión por ti se parten el cobre día a día con el desánimo, con la apatía y la incredulidad. Se las ven en el negro callejón del desaliento con esa desazón y ese sentimiento de rabia e impotencia que me invade cada vez que pienso que he podido perder esta batalla. Sin embargo sé que estás ahí y cada día que pasa es un acicate más para seguir en mi búsqueda…encontrarte y encontrarme…
Hoy no habrá procesiones, pero no nos hacen falta… Hace tiempo que entendí que tu imagen es sólo eso. Comprendí que debía ir más allá de tu talla de madera y avanzar… Sé que así me lo pediste y así lo hice. Quizás por eso hoy miro el mundo de las cofradías de otro modo, quizás un poco más distante… quizás ese sea un camino que a mi fe ya no le sirva y haya entendido que recorriendo ese sendero no llegaré donde quiero llegar. Como colectivos humanos muestran todas las carencias y virtudes del hombre si bien mi experiencia sólo me habla de carencias… Hoy no habrá procesiones, al menos no en las calles, y me tumbo descansado en mi cama en compañía de mi mp3 y mis bandas sonoras…quiero dejar volar la imaginación e imaginar que es Jueves Santo, que es otra época y que en el cielo celeste, siempre mi celeste, reluce brillante el sol... y mientras lo pienso caigo como en un estado de relajación y empiezo a sentir que mi cuerpo no pesa nada, que soy ligero, que me elevo y los sonidos se hacen metálicos y lejano, las formas de los objetos pierden la silueta y los colores y todo se funde a negro… Estoy dormido y soñando…
Y lo primero que me veo es a mi mismo. Voy andando sin saber muy bien por donde…Todo es nebulosamente blanco y pareciese que estuviera subido sobre algodón. De repente a mi izquierda aparece la silueta gris y verde de lo que parece…¿un árbol?... Sí, es un árbol y en seguida lo reconozco. Es un Picus, inmenso, enorme… y tras de él aparece otro y otro y otro… A mi derecha aparecen de repente una hilera de edificios y al fondo se dibuja una enorme arboleda en la que intuyo y diviso palmeras, plátanos orientales, pinos… especies y árboles de todos los confines de la tierra. Más allá de éste puedo observar una montaña en forma de balcón que se derrama como un rio sobre un enorme mar azul, luminoso y claro que me trae por sorpresa una brisa con olor a sal y son sensaciones de libertad y vida… En un segundo la luz lo inunda todo y el color estalla ante mí en una paleta de tonalidades que van desde el bermellón, al violeta, al celeste, al blanco roto, al beige, al amarillo tierra o el verde ultramar… Todo está en calma. Como parado en el tiempo y suspendido por invisibles hilos que lo sujetan a una enorme bóveda azul que se ve tímida y coquetamente salpicada por nubes blancas redondas y esponjosas… Ya no hay duda, me he despertado en Málaga, y estoy en la Alameda.
Mi tranquilidad se ve rota por el sordo sonido de tambores firmes y regios y un sonido que me es totalmente familiar… son los sones del novio de la muerte que me llegan nítidos desde el fondo de la Alameda… Estoy en Málaga y, además, es Jueves Santo…
De improviso mi escenario cambia. Ya no estoy en la Alameda y puedo distinguir perfectamente las dos torres de una iglesia que me es familiar… Es media tarde y el sol juega y caracolea con las esquinas de una calle que, en la portada de la iglesia, se convierte en plaza… Es extraño, nunca había visto una procesión desde esta perspectiva. Desde aquí arriba observo cómo avanzan las dos filas de nazarenos con túnica negra que cubren ambas orillas de la calle. Me muevo entre ellos con total libertad…no parece que puedan verme… nunca he tenido esa sensación. Clavo mis ojos atento en sus miradas. No miran nada en concreto y lo miran todo y cada cierto tiempo se vuelven. Ya sé que miran. Está allí subida. Erguida, mayestática, con la mirada clavada en lo que sostiene entre las manos. Detrás, un sudario blanco ondea al viento como una bandera, pero no es un mástil lo que lo sujeta… es una Santa Cruz. Me acerco a mucha velocidad, no me explico cómo he podido hacerlo. En sus manos suavemente sujeta una corona de espinas y sus ojos, no se apartan ni un instante de ella… siento tranquilidad y sosiego al ver sus ojos, no tengo miedo, pero, ¿cómo puedo estar tan cerca?. Despliego mis manos para tocar su cara y secar sus lágrimas y entonces me doy cuenta… en mi sueño soy una paloma… y mientras esa sensación de paz y libertad me inunda todo se difumina alrededor mía. Es como si continuase volando, como si el tiempo y el espacio se curvasen y yo pudiera hacerlo con ellos tocando a un mismo tiempo los dos lados de su delgada línea. Todo está ahora oscuro… Un leve sonido me sacude. No sé identificarlo, pero intuyo que lo conozco, me es familiar… Abro los ojos y todo se llena de un azul celeste con una fuerza que no sé describir… La luz del sol me ciega de improviso y cuando mis pupilas se acostumbran puedo observar un atardecer precioso… A lo lejos, recortando la línea que impone el sol, aparece la espadaña de una iglesia. Su sombra se extiende hasta mí y bajo mis pies miles de miradas se clavan en mí. Todos me miran y aplauden, me gritan, se emocionan, unen sus manos, sonríen, se abrazan, lloran… es entonces cuando tomo sentido de dónde estoy… Es el pasillo de Santo Domingo. Pero, ¿por qué me miran a mí?...ah, ya lo entiendo… Vuelvo a escuchar ese sonido y ahora lo reconozco. Dos toques y uno… comienzo a moverme. Suenan los sones de una marcha… Eucaristía y me dejo llevar. A mi lado el estruendoso crujir de dos barras y el tintineo de las campanillas del palio me dan nociones de dónde exactamente estoy y me vuelvo muy despacio… estoy a su derecha, sobre un ánfora… Mi color rosa pálido y blanco y mi aroma es inconfundible y orgulloso me yergo como la más enamorada de las orquídeas y siento una inmensa Paz, un sosiego insondable que me acuna y me mece. Y me abandono a su mirada, a sus profundos ojos de andaluza hermosa y guapa y como un niño enamorado pienso en lanzarle un piropo que le alivie las lágrimas… Junto a ella, tan cerca que casi puedo tocarla, avanzo por el Pasillo, mientras sigue sonando la marcha… El sonido se empieza a desvanecer y todo comienza a oscurecerse de nuevo… la miro por última vez. Ella lo sabe. Estoy profundamente enamorado de su mirada… y me despido de ella antes de que todo se difumine nuevamente… (...)

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